Uno en un millón

publicado a la‎(s)‎ 30 mar. 2010 22:45 por Veronica Ferreyro   [ actualizado el 23 ago. 2010 8:19 ]

Padre e hijo viajaban en un jet rumbo a Boston. Arturo Manzo lo estaba viviendo, y aun así, no lo podía creer. Observaba a su alrededor y ahí estaban su hijo y el médico, y continuaba pensando que era un sueño del que no quería despertar, porque de ese viaje dependía la vida de su pequeño. Apenas unas horas atrás, desesperanzado iba en busca de una máscara para Orlando de 11 años de edad. Era urgente que la usara, de esa forma evitaría le quedara marcada la cara para toda su vida.

Los padres de Orlando Isaac, Lidia Alarcón y Arturo Manzo, nunca se imaginaron que su hijo sería el uno en un millón, en el mundo, que le tocara sufrir la extraña enfermedad llamada Stevens Johnson.

Como lo habían hecho durante años, prestaron atención a las indicaciones de los médicos que trataban a su pequeño, quien padece de lento aprendizaje con cuadros críticos de ausencia de hasta 15 a 20 minutos. “Media tableta diaria durante una semana y después, aumentar la dosis”, fue la instrucción del nuevo doctor, de los tantos que se ocupaban de tratar la afección de Orlando.

Lidia y Arturo viven modestamente en Acolman, Estado de México. Es una familia que carece de recursos económicos; los necesarios para la atención de su hijo con un especialista de la medicina privada. Por eso no les quedaba de otra, sólo aguantar los constantes cambios que les hacían de médico en el hospital de seguridad social en el que era atendido Orlando Isaac.

Ese día, el nuevo doctor simplemente ordenó modificar el medicamento que tenía prescrito su hijo de por vida. Les extraño el cambio. No cuestionaron las instrucciones. No obstante cumplieron con el indicativo del médico. A la semana, el niño comenzó a presentar salpullido en brazos, piernas, cara, en casi todo el cuerpo. De inmediato lo llevaron a la clínica correspondiente.

En urgencias, el personal médico lo valoró y determinó mantenerlo hospitalizado para realizarle algunos estudios que indicaran la afección e iniciar el tratamiento. Al cabo de varias horas, el personal de la clínica se dio cuenta que ahí no tenían los medios para tratar a Orlando Isaac. Aun sin un diagnóstico, el niño fue trasladado a un hospital de mejor nivel. Una vez ahí, sólo el tiempo pasó, no hubo mejoría.

La salud del pequeño Orlando fue en deterioro. El salpullido avanzó de tal forma, que las pequeñas ronchas se convirtieron en grandes ámpulas que cubrieron la cara, la espalda, el pecho, las piernas, los brazos, las palmas de las manos, las platas de los pies…Dejaron en carne viva casi la totalidad de su cuerpo.

El Síndrome de Stevens Johnson que para entonces ni los médicos de aquel hospital sabían que Orlando tenía, puso en peligro su vida. Menoscabó la fortaleza del niño. Lesionó su piel. El pequeño quedó a expensas a que en cualquier instante una infección invadiera su organismo y acabara con él.

En el hospital donde se encontraba atendido Orlando Isaac no tenían el material de curación ni los elementos para su tratamiento, por ello, le pidieron al padre del niño, comprara una máscara para ponérsela a su hijo, de esa manera se evitaría quedara marcado de su carita. Una enfermera le indicó en donde adquirirla. Así fue como se enteró de la existencia de la Fundación Michou y Mau.

Al llegar ahí su angustia se desbordó en llanto. Con doña Clarisa Gálvez, quien lo atendió, desahogó toda su desesperanza, su frustración, la tristeza de ver en qué circunstancias se encontraba su pequeño hijo. Luego de escucharlo pacientemente, la señora de inmediato se hizo cargo del caso y envió a un médico de la Fundación, al hospital donde era atendido Orlando, para su valoración. El dictamen médico fue, Síndrome de Stevens Johnson.

También conocido como eritema multiforme exudativo que se asocia a una alergia medicamentosa, así como a infecciones virales o bacterianas. Afecta piel y mucosa, además de otros órganos internos. Se manifiesta con fiebre, malestar general y postración con lesiones en zonas genitales, bucales y cutáneas.

Como el síndrome puede provocar la muerte, la atención inmediata era clave para su sobrevivencia. Ese mismo día padre e hijo volaban a Boston, Estados Unidos. Orlando Isaac fue trasladado del hospital a Toluca en ambulancia y de ahí a Boston, en un jet.

En el hospital de aquella ciudad, la atención fue oportuna y de excelente nivel. En 20 días el niño evolucionó y la piel comenzó a cicatrizar. Hasta ese momento Arturo Manzo no había reparado en los gastos, pues a él sólo le interesaba que su hijo se salvara de esa enfermedad, que le habían explicado los especialistas estadounidenses, podía ocasionar la muerte a su hijo.

Con un gran peso encima, abordó el tema con el médico de la Fundación que los acompañó hasta Estados Unidos y que en todo momento estuvo pendiente del proceso de atención y recuperación del pequeño, y hasta su regreso a México. La respuesta y la cifra impactó a Arturo: “aproximadamente medio millón de dólares”. Ni pensar que Lidia y Arturo pudieran tener o haber reunido tal cantidad para salvar la vida de su hijo.

Sobra decir que todos los gastos médicos y de hospitalización, así como la estancia del padre de Orlando, en Boston, corrieron a cargo de la Fundación Michou y Mau. El pequeño de 11 años se recupera en su casa ubicada en el poblado de Acolman, Estado de México. Y sólo es cuestión de tiempo para que se borren las marcas que dejó el síndrome en su cuerpo.

Mientras tanto Orlando Isaac, como le dicen sus padres, comienza a estudiar un poco más de lo que siempre lo hace, pues necesita recuperar el año de primaria, en una escuela especial para niños de lento aprendizaje, que perdió por su enfermedad.

Seguirá viendo su caricatura favorita, Dora la Exploradora, y continuará siendo rival de su padre en el futbol. Orlando Isaac le va a las Chivas, el señor Arturo Manzo, al América.

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Fecha: 30 Marzo 2010
Autor: Marypaz Monroy
Fuente: www.historiascomunes.com.mx

 

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